jueves, 5 de junio de 2014



Jorge Hirschi, el hombre del estadio

Por Esteban M. Trebucq

Socio 44. Se puso los cortos: fue un wing extraordinario, jugó el primer partido de la historia del Club, ganó todos los ascensos y el título amateur de 1913; también con los cortos ayudó a marcar la cancha de 57 y 1 y a confeccionar las entradas. Ya con los largos, fue presidente de antología, una suerte de orientador cuando los técnicos no existían (de Los Profesores, ni más menos) y quizás uno de los tres hombres más preponderantes en el crecimiento del estadio. Como si fuera poco, vio a su Estudiantes que forjó, campeón del mundo desde los tablones.
Es difícil encontrar a una persona que haya hecho tanto por la Institución, como Jorge Luis Hirschi, conservador hecho y derecho, médico de profesión, visionario y estratega de fuerte carácter, que hasta llegó a ser intendente de La Plata (entre febrero y octubre de 1932, durante la Década Infame).
Hirschi es Estudiantes. Hizo todo y de todo por el Club: desde arremangarse para cortar el pasto, transformarse en el segundo goleador del ascenso del 11, casi batirse a duelo para anexar terrenos al estadio hasta defender los colores en torneos de pelota y pelota.
Nacido en 1890, el joven Hirschi mamó los conceptos de aquella generación dominada por el conservadurismo del Partido Autonomista Nacional (PAN), y ya desde muy joven desparramó su talento como intrépido y veloz wing en los potreros de la ciudad que alumbraba. Crack de aquellos días de pelota de tientos y peliaguda circunferencia, fue tan bueno con los cortos que llegó a jugar en más de un equipo a la vez a comienzos de siglo: Friends (1a), Gimnasia y Esgrima, San Martín (2a) y Juniors. Si bien no participó de la fundante reunión de la Zapatería Nueva York, nuestro hombre se arrimó enseguida a la Institución que prometía derrochar fútbol por sobre todas las cosas. Ese era el lugar ideal para los Hirschi: su hermano Oscar, de perfil más bajo, también integró esos primeros equipos con gran suceso.
Jorge Luis se anotó y se recibió en la carrera de Ciencias Médicas. Ya en ese entonces, exhibía su autoridad, personalismo y caballero poco adepto a compartir las decisiones. De hecho, fue un hombre de decisión. Personalista, indudablemente, como buen conservador que era.
Pegado a la línea, fue astuto y sagaz, toda una premonición de lo que sería luego como presidente del Club. En 1911 convirtió 9 goles y en el 13, primer y único título amateur, 5. Titular indiscutido, fue emblema de aquellas formaciones en la que descollaban el arquero Fernández (más tarde se iría a Gimnasia), el back Galup Lanús, el ejemedio Edmundo Ferreiroa y el artillero Julio Lamas Illande. Algunos llegaron a apodarlo “Brown”, por los gigantescos hermanos del multilaureado Alumni.
Casi siempre involucrado en la vida institucional de Estudiantes, como gran parte de estos jugadores, colgó los botines en 1915. Casado con Noemí Bermejo, mudó sus conocimientos a Santa Rosa del Toay, provincia de La Pampa, para trabajar como médico. Regresó en 1925, cuando Julio Urdaniz comandaba los destinos de su Club. Dos años más tarde, fue elegido Presidente.
La Comisión Directiva estaba formada por gente muy macanuda, che. Creo que cuando se trabaja no hace falta reunirse tanto”, diría décadas más tarde, con su inocultable argentinismo para terminar cualquier frase. De hecho, Hirschi no precisó de la aprobación de sus pares para pelearse casi cuerpo a cuerpo con otro hombre emparentado con el Club, Rodolfo Tettamanti (su familia había facilitado los terrenos para la primera cancha, de 19 y 51), propietario de la empresa de tranvías.
Por la manzana de 54, 55, 1 y 115 pasaba un ramal, que rodeaba el lago y un sector del Paseo del Bosque. Pero hete aquí que el mismo no estaba autorizado. Hirschi lo sabía. Y quería utilizar ese terreno par las canchas de tenis. Un día se juntaron:
- Tiene que sacar esas vías, lo espetó el doctor.
- ¡Sí! ¡Sacariola!, respondió el empresario.
- ¡Desde ahora, te juro que te las sacamos!
Casi en un pestañeo, Hirschi encontró a un audaz y avezado empleado que trabajaba en una usina, le dio 20 pesos y cortó los cables del tranvía. Luego, cubrieron las vías con piedras. Tettamanti puso el grito en el cielo, pero como no tenía la habilitación correspondiente, el Presidente se salió con la suya. Ganó Estudiantes.
Sale de memoria su aporte a 57 y 1: durante su gestión se colocó el alambrado olímpico, tribunas de 17 tablones, se embelleció el predio con el embaldosado y la urbanización interna, construyó la pileta olímpica detrás de la tribuna oficial y el restorán estilo Tudor, que según las crónicas de la época, se terminó de cristalizar con ¡un solo albañil!
La presidencia de Hirschi, hasta 1932, fue simplemente extraordinaria. Lanzó una conscripción de socios y en un santiamén el Club pasó de 300 a 8.000. Fue vital, a su vez, para acercar a las mujeres a las canchas.
Caballero hidalgo de aquel entonces, y también de pocas pulgas, Hirschi fue guía de los emblemáticos Profesores hasta enlazar un estrecho vínculo con el genial Nolo Ferreira, el líder dentro de la cancha de esos maestros del balompié.
“Madero, ese muchacho me gusta, che”, repetía una y otra vez cuando iba a ver a los próceres de Don Osvaldo Zubeldía. Hirschi encierra la autoprofecía cumplida de cualquier hombre de Estudiantes: jugó, fue campeón, casi técnico, presidente y lo vio en su hora más gloriosa. Falleció en 1970 y ese mismo año el estadio fue bautizado con su nombre. Hoy no quedan descendientes directos en la ciudad, pero sí miles de hijos, sobrinos y nietos que forman parte de la inabarcable familia de Estudiantes. Todos los hinchas le deben algo al doctor Jorge Luis Hirschi.  

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