jueves, 5 de junio de 2014



Hombres Unicos

Por Esteban M. Trebucq

Albert Einstein no inventó la física, claro que no, pero la comprendió, interpretó, fundó, enseñó y divulgó. Antoine de Saint-Exupéry no creó la aviación, menos la literatura. Pero su nombre es sinónimo de ambas. El barón Pierre de Coubertin no ideó el deporte, pero sí cristalizó los juegos olímpicos modernos junto al principio “lo esencial en la vida no es vencer, sino luchar bien”. Nelson Mandela no creó la lucha del oprimido contra el opresor, pero sí consagró su vida por la inmaculada causa de la libertad-igualdad. Son hombres únicos.
A su modo, en su tiempo y en su universo, Juan Sebastián Verón también lo es. El hilo conductor de este artículo y su título para ilustrar la nota central de Animals! iba a ser “Yo lo vi jugar”. Lo cual, obvio, es cierto. Pero al momento de enhebrar las últimas líneas saltó a la luz la injusticia más palmaria. No se puede describir la carrera de este hombre (39 años, más de 700 partidos, tres mundiales, 17 títulos) sólo por sus colosales dotes futbolísticos.
Mi viejo me contó de su padre, Juan Ramón, de sus piernas arqueadas, su carrera chueca y su indescifrable gambeta. De su dribling de leyenda para ganarle 2-1 al Palmeiras en 1968, o de su cabezazo en Old Trafford para abrazar la gloria eterna.
Mi abuelo se cansó de transmitirme la rabona del Beto Infante, de su maestría y exquisitez más absoluta para llevar la pelota y definir con diestra, zurda o con el parietal que fuese menester; también de la zurda tremebunda de su compañero de fábula, Don Payo Pelegrina, hasta hoy el máximo artillero de la Institución.
En todas las inolvidables charlas con Zuleik Campañaro, la memoria más prodigiosa del Club, surgió una máxima tan subjetiva como probable: Nolo Ferreira fue el mejor de todos. Organizador, definidor, cerebro y bandera fulgurante de Los Profesores, el noble Manuel de Trenque Lauquen se llevó a la tumba un misterio insondable: era tan pero tan bueno, que jamás quedó en claro si era zurdo o derecho. Le pegaba bien con las dos, y era capaz de hacer un gol olímpico con la izquierda como patear un tiro libre al ángulo con la derecha.
Las escasas crónicas en hojas crujientes y resquebrajadas que aún perduran de la época describen los goles de todo tipo que hacía Juan Julio Lamas, romperredes del campeón amateur de 1913; lo que jugaban los hermanos Hirschi o la fiereza del Toro Calandra, años más adelante en esa época naciente del fóbal criollo.
Comparar quién fue mejor o peor es tarea marciana. Además, una hipótesis injusta. Tampoco se trata de eso. Juan Sebastián Verón tiene de todo de todos los nombres anteriores: pertenencia, permanencia, identificación, aporte a la Selección (jugó 90 partidos con la celeste y blanca, contando su etapa en las Juveniles) y calidad de juego. A algunos incluso los supera en cantidad de campeonatos obtenidos y en trascendencia internacional.
Se sabe y es obvio: Juan Sebastián Verón está entre los mejores que mi viejo, mi abuelo o el gran Zuleik vieron jugar. Tampoco vale la pena ahondar sobre ello.
Pero el hijo de Juan Ramón, un derecho nacido el 9 de marzo de 1975, menos tímido que su padre y más líder fuera del campo de juego que su progenitor, también debe ser valorado por este último. Es decir, por lo que no hizo en la cancha.
En 1905 eran 19 los jóvenes que se juntaron para fundar un club. Sin ellos, Estudiantes no sería Estudiantes. Ni la Bruja grande había nacido en aquel entonces. Como Einstein no creó la física, ni Saint-Exupéry la aviación, Verón tampoco a Estudiantes. Pero vaya si los tres son relevantes en su mundo.
En diciembre de 1907 parte de los fundadores, que además eran jugadores y dirigentes, agarraron la pala para marcar la cancha, y delimitarla en un terreno pantanoso donde antes había un velódromo en 1 y 57. Así inauguraron lo que luego sería un estadio durante la Navidad de ese año.
Un buen día a Jorge Hirschi, harto de la burocracia y de las peleas intestinas, se le ocurrió que había que agrandar ese predio y contrató a un audaz electricista para planificar durante la noche profunda un operativo que hoy podría parangonarse con la lógica del bidón. Ambos subieron a los cables para cortar el tendido del tranvía, luego tapar las vías con tierra y a otra cosa mariposa. El tranvía no pasó más y Estudiantes se quedó con lo que luego sería la cancha auxiliar.
Mucho más acá en el tiempo, en los albores de los ’50, el gran Pedro Osácar intentó batirse a duelo, cuchillo en mano, para frenar la ignominiosa intervención peronista de aquél tiempo, que terminó con la Institución desguazada y el equipo en el descenso.
Juan Sebastián Verón también es relevante por hechos de esta naturaleza. Volvió a su club cuando podría haber seguido en Europa, resignó plata por gloria deportiva y siguió jugando hasta los 39 años con lesiones y machucones varios de tantas gestas. No hay dinero que pueda comprar esto.
Y es raro este Verón. Mi hija Delfina apenas tiene siete años, disfruta del fútbol como un futbolero del Mundial de Vóley, pero ella sola sacó una foto de la revista para pegarla en su dormitorio. “Hay que ponerla en la pieza, Papi”, me informó. Y ahí quedó, al lado de una tal Violetta y del león de peluche. El día de su despedida me encomendó: “Papá, ¿le mandás saludos míos?”.
Es increíble, pero existe un magnetismo imposible de desenmarañar en palabras entre Estudiantes-la gente y Verón. Las causan exceden largamente su aporte con los cortos.
Delfina crece con un Estudiantes ganador, y en medio de una generación de hinchas que no sólo festeja títulos, sino que también goza del invalorable tesoro de poder transmitirles a sus hijos y nietos una máxima que será leyenda: “Yo vi jugar a Verón”. Es que el tiempo agiganta los hechos o los pone en su lugar justo.
Para mí, Nolo Ferreira es Belgrano y Mariano Mangano San Martín. Así me los describieron, así me los contaron, así los pude leer. Seguramente lo mismo sucederá con los hinchas que surjan de ahora en más, que no tendrán el placer inconmensurable de haber visto a Verón. Eso sí, deberán crecer con sus historias, pegadas a El Principito de Antoine Saint-Exúpery.
Las obras que perduran a los hombres hacen grandes a éstos o los magnifican mucho más. Y los transforman en tipos únicos. Irrepetibles, como Juan  Sebastián Verón.
¡Gracias a la vida por haberlo visto jugar!
Esteban, 38 años, el papá de Delfina. 



Jorge Hirschi, el hombre del estadio

Por Esteban M. Trebucq

Socio 44. Se puso los cortos: fue un wing extraordinario, jugó el primer partido de la historia del Club, ganó todos los ascensos y el título amateur de 1913; también con los cortos ayudó a marcar la cancha de 57 y 1 y a confeccionar las entradas. Ya con los largos, fue presidente de antología, una suerte de orientador cuando los técnicos no existían (de Los Profesores, ni más menos) y quizás uno de los tres hombres más preponderantes en el crecimiento del estadio. Como si fuera poco, vio a su Estudiantes que forjó, campeón del mundo desde los tablones.
Es difícil encontrar a una persona que haya hecho tanto por la Institución, como Jorge Luis Hirschi, conservador hecho y derecho, médico de profesión, visionario y estratega de fuerte carácter, que hasta llegó a ser intendente de La Plata (entre febrero y octubre de 1932, durante la Década Infame).
Hirschi es Estudiantes. Hizo todo y de todo por el Club: desde arremangarse para cortar el pasto, transformarse en el segundo goleador del ascenso del 11, casi batirse a duelo para anexar terrenos al estadio hasta defender los colores en torneos de pelota y pelota.
Nacido en 1890, el joven Hirschi mamó los conceptos de aquella generación dominada por el conservadurismo del Partido Autonomista Nacional (PAN), y ya desde muy joven desparramó su talento como intrépido y veloz wing en los potreros de la ciudad que alumbraba. Crack de aquellos días de pelota de tientos y peliaguda circunferencia, fue tan bueno con los cortos que llegó a jugar en más de un equipo a la vez a comienzos de siglo: Friends (1a), Gimnasia y Esgrima, San Martín (2a) y Juniors. Si bien no participó de la fundante reunión de la Zapatería Nueva York, nuestro hombre se arrimó enseguida a la Institución que prometía derrochar fútbol por sobre todas las cosas. Ese era el lugar ideal para los Hirschi: su hermano Oscar, de perfil más bajo, también integró esos primeros equipos con gran suceso.
Jorge Luis se anotó y se recibió en la carrera de Ciencias Médicas. Ya en ese entonces, exhibía su autoridad, personalismo y caballero poco adepto a compartir las decisiones. De hecho, fue un hombre de decisión. Personalista, indudablemente, como buen conservador que era.
Pegado a la línea, fue astuto y sagaz, toda una premonición de lo que sería luego como presidente del Club. En 1911 convirtió 9 goles y en el 13, primer y único título amateur, 5. Titular indiscutido, fue emblema de aquellas formaciones en la que descollaban el arquero Fernández (más tarde se iría a Gimnasia), el back Galup Lanús, el ejemedio Edmundo Ferreiroa y el artillero Julio Lamas Illande. Algunos llegaron a apodarlo “Brown”, por los gigantescos hermanos del multilaureado Alumni.
Casi siempre involucrado en la vida institucional de Estudiantes, como gran parte de estos jugadores, colgó los botines en 1915. Casado con Noemí Bermejo, mudó sus conocimientos a Santa Rosa del Toay, provincia de La Pampa, para trabajar como médico. Regresó en 1925, cuando Julio Urdaniz comandaba los destinos de su Club. Dos años más tarde, fue elegido Presidente.
La Comisión Directiva estaba formada por gente muy macanuda, che. Creo que cuando se trabaja no hace falta reunirse tanto”, diría décadas más tarde, con su inocultable argentinismo para terminar cualquier frase. De hecho, Hirschi no precisó de la aprobación de sus pares para pelearse casi cuerpo a cuerpo con otro hombre emparentado con el Club, Rodolfo Tettamanti (su familia había facilitado los terrenos para la primera cancha, de 19 y 51), propietario de la empresa de tranvías.
Por la manzana de 54, 55, 1 y 115 pasaba un ramal, que rodeaba el lago y un sector del Paseo del Bosque. Pero hete aquí que el mismo no estaba autorizado. Hirschi lo sabía. Y quería utilizar ese terreno par las canchas de tenis. Un día se juntaron:
- Tiene que sacar esas vías, lo espetó el doctor.
- ¡Sí! ¡Sacariola!, respondió el empresario.
- ¡Desde ahora, te juro que te las sacamos!
Casi en un pestañeo, Hirschi encontró a un audaz y avezado empleado que trabajaba en una usina, le dio 20 pesos y cortó los cables del tranvía. Luego, cubrieron las vías con piedras. Tettamanti puso el grito en el cielo, pero como no tenía la habilitación correspondiente, el Presidente se salió con la suya. Ganó Estudiantes.
Sale de memoria su aporte a 57 y 1: durante su gestión se colocó el alambrado olímpico, tribunas de 17 tablones, se embelleció el predio con el embaldosado y la urbanización interna, construyó la pileta olímpica detrás de la tribuna oficial y el restorán estilo Tudor, que según las crónicas de la época, se terminó de cristalizar con ¡un solo albañil!
La presidencia de Hirschi, hasta 1932, fue simplemente extraordinaria. Lanzó una conscripción de socios y en un santiamén el Club pasó de 300 a 8.000. Fue vital, a su vez, para acercar a las mujeres a las canchas.
Caballero hidalgo de aquel entonces, y también de pocas pulgas, Hirschi fue guía de los emblemáticos Profesores hasta enlazar un estrecho vínculo con el genial Nolo Ferreira, el líder dentro de la cancha de esos maestros del balompié.
“Madero, ese muchacho me gusta, che”, repetía una y otra vez cuando iba a ver a los próceres de Don Osvaldo Zubeldía. Hirschi encierra la autoprofecía cumplida de cualquier hombre de Estudiantes: jugó, fue campeón, casi técnico, presidente y lo vio en su hora más gloriosa. Falleció en 1970 y ese mismo año el estadio fue bautizado con su nombre. Hoy no quedan descendientes directos en la ciudad, pero sí miles de hijos, sobrinos y nietos que forman parte de la inabarcable familia de Estudiantes. Todos los hinchas le deben algo al doctor Jorge Luis Hirschi.